Retransmitiendo desde mi habitación de dos espacios, tras haber bien-cenado con mi compañera de piso y visto un capítulo más de Cómo conocí a vuestra madre. Un día tranquilo de clase por la Universidad, tan sólo un pseudoexamen de Documentación aplicada a la Traducción de no demasiada importancia. Buenas noches, Alic...
... Ah, ¿que no os lo había contado?
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Un ambiente agradablemente frío, algo de tiempo libre y mucha estabilidad emocional lo permiten: voy a dejarme caer en uno de los bancos de los Kensington Gardens y, Jolly Roger bien amarrado, intentar retomar esto. Que no viniera aquí a contarlo no significa que los domingos y sus respectivas semanas no se hayan seguido sucediendo; lo han hecho, ¡vaya que sí!, y ahora cuento con un buen puñado de viajes, anécdotas y demás acontecimientos que no sé muy bien cómo encaminar textualmente hablando. ¡Si hasta a mi cinta y a mí nos han encontrado! También copiado -Luscila no ha podido evitarlo- pero esto ya es otra historia...
En la última entrada con chicha autobiográfica hablaba... No puede ser cierto: hablaba de que había llegado la hora de enfrentarse a los exámenes de selectividad. ¡Hablaba de la PAU con miedo! Por los siete cañones de mi bergantín, pero si ya ni siquiera pienso en los nervios cuando recuerdo aquello. Pero no hagamos omisiones: en su momento tuvo su peso y cierto es que no fue -ni es- moco de pavo. Me enfrenté a ellos como un atemorizado pre-universitario más, pasé los tres peores días de mi vida en cuanto a chutes de valerianas, ataques de nervios y horror ante posibles "Me he quedado en blanco" se refiere. Pero se sobrevive. 15, 16, 17 de junio. Sobreviví para salir por las puertas de esa clase con un descanso encima indescriptible (y unas ganas de ponerme a bailar y cantar al más puro estilo HSM que no tuve más remedio que reprimir). Sobreviví para disfrutar de las posteriores horas y días de cañeo, cenas y fiesta. Sobreviví... para después acordarme de la madre de alguno de los corregidores por la nota que obtuve y que tan concienzudamente sigo maldiciendo y considerando injusta (mecagüentó, ¡que me pongo malo volviendo a hablar del tema!).
La selectividad, tras un año temiéndola y viéndola acercarse, llegó y pasó. Y, afortunadamente y mejores o peores calificaciones aparte, la nota no quedó del todo mal. Ahora tocaba ponerse de una vez en serio a buscar dónde irse a estudiar. Y así fue. Pero Internet hace maravillas y prácticamente todo se fue haciendo a través de la vía virtual. Mientras tanto... los no-planes para el primer verano como mayores de edad tenían que llevarse a la práctica.
El 25 de junio los estudiantes de segundo de bachillerato del Doctor Alarcón Santón se graduaron. Nos graduamos. La ceremonia -por llamarla de alguna manera- no fue espectacular ni lo más mínimamente parecida a lo que las películas nos tienen acostumbrados. Por no haber, no hubo ni el general y coordinado lanzamiento de gorritos al aire al que alguien logra inmortalizar en una fotografía desde el mejor ángulo con las mejores caras de los alumnos. Porque no había ni gorritos, principalmente. Pero entre unos y otros conseguimos darle un cierto toque de gracia y la tarde-noche salió bastante bien. Entre vestidos, corbatas, vino y canciones de boda quedó la cosa.
El verano acababa de dar su pistoletazo de salida y no perdimos ni un segundo. Ni un día, al menos. A la mañana siguiente (26 de junio) tomamos un tren con rumbo la costa mediterránea para vivir uno de los últimos buenos momentos todos juntos (antes de desperdigarnos por el territorio nacional, se entiende). Estaba todo organizado desde hacía tiempo, por supuesto; en la agencia de viajes casi nos hicieron clientes honorarios del por c*** que dimos yendo a modificar los días. Benidorm nos acogió con el set completo de topicazos: terrazas a rebosar, arena artificial, guiris por doquier y mucho, mucho calor. Disfrutamos como enanos comportándonos como mayores: de independientes en un apartamento -que dudosamente cuidamos, todo hay que decirlo-. Fueron tres días de playeo y chocolatadas que darán pie a futuras escapadas veraniegas. No estuvo pero que nada mal.
Vuelta a casa. Primeras listas de universidades; pruebas de acceso, rechazar algunas y poner en Posibles a otras. Sin dejar todavía nada como seguro, dos días después del desfase de tinto y crema para las quemazones..., comenzaba la verdadera aventura del verano, del año y, seguro, de gran parte de mi vida. Había llegado el 1 de julio y el InterRail al fin iba a tomar forma. La preparación llevaba en marcha desde hacía casi un año, consolidándose poco a poco. "¿Qué ciudad nos vendría mejor visitar? ¿Has reservado ya el albergue de Berlín? Entonces... ¿el billete para veintidós días? ¿Vamos a aguantar?" Europa esperaba con los brazos abiertos; a nosotros, tres intrépidos viajeros más que este verano se atrevieron a lanzarse a recorrerla a lomos de un tren. El añadido de reencontrarse con un viejo amigo del verano anterior, de aquel lejano mes en Canadá. Las ganas de tirarse de cabeza a lo desconocido, de perderse. París, Ámsterdam, Rotterdam, Brujas, Ostende, Berlín, Praga, Viena, Milán, Bergamo. Estos fueron los rincones que nos fueron acogiendo. Ciudades, culturas, idiomas, comidas, gentes; todas diferentes entre ellas y, por supuesto, diferente a lo que estábamos acostumbrados aquí. ¿La constante? La libertad, simple y llanamente. De telón de fondo siempre estaba la dependencia económica, pero antes de salir haces más o menos tus cálculos y sabes lo que puedes llegar a gastarte, por lo que te preparas (mental y billetera-mente) y eso deja de ser un problema de primer nivel. Así que te dejas; te dejas llevar. Evasión de cuerpo y mente, mezclarse con el ritmo de cada ciudad, mil y un momentos de embobamiento que permiten pensar en todo... y en nada. Trenes, raíles, estaciones, arriba, abajo, ¡que no llegamos!; fotografías, tanto las hechas con una cámara como las guardadas con cerrojo en la cabeza; conversaciones acerca de lo vivido aquí compartiéndolo a miles de kilómetros de Distancia (la dichosa Distancia...); una de las mejores ideas: escribir a modo de diario lo hecho cada día, adjuntando frases míticas, anécdotas, la canción que más ha sonado esa jornada y todos los tickets y folletos posibles. Un viaje convertido en Experiencia, a recordar toda la vida. Esto último literalmente, la guinda fue puesta a modo de tatuaje: un pequeño trébol me acompañará para siempre, tímidamente apoyado en mi tobillo izquierdo (...la veda ha quedado abierta). Este capítulo no se puede narrar tan a la ligera. No, señor. Esto no ha sido ni siquiera un intento de resumen. Hará falta un especial, disculpen las molestias.
En cualquier caso, regreso a España, a casa: 23 de julio. Por aquí todo como siempre, si se aceptan frases hechas. Un verano marcado por la falta de unos días en Calabardina pero con las habituales salidas nocturnas con los que estamos ese día concreto en el pueblo, con los que no están por ahí de salida vacacional (como diría Mafalda). Rutina interrumpida a los pocos días por el inicio de las Fiestas de La Roda. Un año más, mis padres deciden depositar toda su confianza en mí y abandonan la casa en un intento desesperado por huir de tales celebraciones que tanto odian. Acto que yo, como no podría ser de otra manera, les agradezco sincera y profundamente. 1-9 de agosto. Una semana de actividades (¿actividades?) a todas horas del día, que nunca llegamos a realizar en su plenitud simplemente por falta de tiempo (porque hay que dormir y descansar -un poco- de cuando en cuando). De aquí, de allí y de más allá: mi casa convertida en hostal. Colchones, sofás, sillones, un hueco en el último escalón de la escalera. Carpa de día, garito, mojitos, tinto, comilonas, feria, camisas, tacones, gofres de chocolate, ¿Esta noche qué?, disfraces, hojas, paellas, más mojitos, agua, mucha agua, plaza de toros, doblamiento de tobillo, espuma, espuma, espuma, churros, memorable gymkhana, harina por el pelo, desnudeces parciales, mucha bici, poca vergüenza, ¿Y ésta?, hipopótamos, traca final, Hasta el año que viene.
Barcelona es mi ciudad. Me dio la bienvenida al Mundo y por poco tiempo que viviera realmente allí siento que me llama a voces para que vuelva, siento que mis raíces tiran para allá. Las connotaciones hacia ella son cada vez mejores, y con cada visita a la ciudad condal me doy cuenta de que estoy destinado a volver, a volver de verdad. Ése es otro de los no-planes que finalmente se llevó a cabo: en una escapada de cuatro días -terminando agosto y enfilando septiembre (31-1,2,3)- volvió a tenerme entre sus calles, esta vez con Júpiter Fox como fiel acompañante. Siempre lo digo: Barcelona se me presenta diferente según con quién la recorra. Este verano se me presentó bonita; se puso sus mejores galas y me (nos) cautivó. Pasearla es todo un gustazo. Mirarla, fotografiarla, olerla, soñarla y sentirla. También con un toque de independencia, derrochamos la ciudad cada día desde que salíamos por la mañana del hotel donde descansábamos los huesos hasta que volvíamos a él con una Barcelona bañada de estrellas a nuestras espaldas, confidente.
De lleno en septiembre, poco tiempo quedaba hasta tener que poner la mira en el inicio de la nueva etapa. Que no "Poco quedaba por hacer." La Feria de Albacete abría sus puertas [de hierro] y todavía quedaban fuerzas para exprimir los días de vacaciones. Más de todo con más buen rollo pero salpicado con un tanto de ¿decepción, desesperanza? Se (me) cerró una de las puertas más importantes para mis estudios, la que deseaba con más ganas y que ya daba por segura. Pero, al igual que ahora me pasa con aquellos exámenes de junio, por ejemplo, visto desde esta perspectiva de lejanía en el tiempo y de bienestar actual ya no le doy tanta importancia. Le sigo dando vueltas, por supuesto. ¿Cómo habría sido ir a parar allí [a Granada]? Pero ya con otra actitud, más positiva. Porque el caso es que hemos ido a parar aquí, a Alicante, mi parvulita Alba y yo. Hablábamos de esta posibilidad a mitad del curso pasado y parecía que no iba a pasar de la palabrería, como con todo. Y desde el 14 de septiembre aquí estamos: dos amigos de toda la vida aguantándose una etapa más.
Hemos montado nuestro propio Central Perk. Apenas llevamos dos meses de vida por aquí y ya nos hemos establecido completamente, y además, bien establecidos. ¿Que cómo se puede afirmar tal cosa? Fácil: el piso está patas-arriba las veinticuatro horas del día y aún así da gusto estar en él; nuestras respectivas habitaciones hablan de nosotros por sí solas (fotos, pósters, cuadros, peluches, banderas,...); la serie completa de Friends junto a la televisión; el Sofá Grande tiene más que marcada la silueta de nuestros traseros; si te pones a buscar en la alfombra del salón encontrarás restos de todas y cada una de las comidas desde el primer día hasta hoy; hay una pizarra tal que la de Joey y Chandler colgada tras la puerta principal; el frigorífico cuenta con imanes de ambos (y suele estar lleno, pero de lomo y coca-cola; poco más); al tender la ropa de la lavadora yo me encuentro con sujetadores y ella con calzoncillos; no nos hemos peleado (en serio) ni una sola vez; de hecho, hemos llegado hasta altas horas de la madrugada hablando de cualquier tema; y anécdotas tales como que hoy me he cortado fregando los platos y Alba se ha hecho socia del Club de Lectores.
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Ahora sí: buenas noches Alicante.
1 comentario:
Quién pudiera haberte acompañado en tal aventura de verano...
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