Son las ocho de la mañana, mi compañera de piso acaba de salir para ir a clase y fuera el viento se mueve con fuerza, con la suficiente como para dar sensación de frío y que encender el calefactor no sea un capricho. Ya me he tomado una buena taza de café, con un par de magdalenas y alguna que otra galleta (me estoy acostumbrando a comer recién levantado, por el consejo de un médico loco). Comemos y cenamos en el salón, porque normalmente coincidimos para ello; los dos sentados en la alfombra pinchando de la misma ensalada, viendo la televisión y comentando qué tal nos ha tratado el día es de lo más familiar que se puede hacer por aquí, y lo aprovechamos. Pero a la hora de desayunar, con legañas todavía y bien enfundado en mi pijama, me luce acurrucarme en la silla junto a la terraza, taza caliente en mano, con toda la cocina ya bien iluminada. Es un momento con encanto. La semana pasada empecé a tomar la rutina de irme todas las mañanas a la biblioteca de la universidad; con ese ambiente de estudio y el tranquilo bullicio de gente para acá y para allá se está muy bien, dan ganas de ponerse. Pero hoy no tengo clase hasta las siete y el poder estar con el calefactor mientras dibujo letras rusas sentado en el sofá tira mucho. Hoy me quedo en casa.
"No tengo clase hasta las siete." En realidad, hoy entraría a las cinco (no es así porque falta la profesora de Teoría y Práctica), pero el caso es que tengo las clases por la tarde, que es lo que nos ha tocado a los estudiantes de Traducción e Interpretación de la Universidad de Alicante. Finalmente he empezado esa carrera. A principios del año pasado todavía no tenía ni idea de qué quería hacer con mi vida, qué quería ser de mayor. Y la verdad es que aún no lo sé. Mi hermana me habló un día de esta carrera y no me pareció una mala idea (tenéis que tener en cuenta la gran influencia que tiene en mí); no-números, idiomas y una amplio abanico de posibilidades una vez acabado. Fue avanzando el año y ni un profesor de Inglés que parecía haberse emperrado en quitarme las ganas de estudiar su asignatura me consiguió hacer cambiar de opinión. Me emperré más que él. Cierto es que precisamente Inglés es lo que peor llevo ahora mismo, pero no me oiréis decir que aquel hombre llevaba razón. Además de Inglés, estudio Alemán, Ruso, el obligatorio Catalán-Valenciano y en el siguiente cuatrimestre Español, además de otras cuatro comunes, que son las pedantes. O, al menos, lo intento. La carrera está genial: las asignaturas son interesantes y los profesores se lo curran para hacértelas tragar, y bien. Las de idiomas se dividen en clases teóricas (puras y duras) y clases prácticas, utilizándose estas últimas, además de para sobre todo hablar, aprender cosillas sobre la cultura de cada país donde están asentadas. Por ejemplo, os podría estructurar vuestro nombre conforme se haría si fuerais rusos, tomando el nombre de vuestro padre para formar el patronímico (que es lo que siempre suena a -obich) más su apellido acabado en tal cosa según acabe en consonante o i breve y seáis chico o chica. O... para la próxima vez que vaya a Berlín, sé que tengo que desayunar fuerte y apenas comer, que a las cuatro tocará el Kaffee und Kuchen y tendré que tener hueco para meter tales dimensiones de pastel alemán que...
...ya está el vecino de ¿enfrente, arriba? (todavía no me centro a la hora de distinguir de dónde procede tanto ruido en un bloque de pisos) tocando el piano. No lo hace mal, a mí todo me suena a Beethoven, o a Mozart..., a cosas clásicas, y me da mucho respeto (y envidia) que sepa hacerlo. Además, al acabar siempre suele poner unas cuantas canciones de índole más actual (no sé si a modo de postre o qué) que también es un gusto oírlas. Todo a un volumen considerable, por supuesto.
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He cogido esto con ganas [Luscila, ¡haz lo mismo!] y, aunque no siempre me dedicaré a narrar mi día a día cual diario adolescentebarrauniversitario -ni muchísimo menos- sí que lo usaré a menudo para descargarme un poco. Ha pasado todo un verano y un par de meses de universidad desde que escribía aquí con cierta frecuencia, pero hay determinados aspectos a los que me refería con mayúscula que la siguen llevando. Como es el caso de la Distancia. Creo que ya nos hemos hechos colegas. Creo... que si me la encontrara al salir a la calle la trataría de tú a tú. Omnipresente, dependiente de lazos que se aprietan y desaflojan, continua posible víctima de cuchillos jamoneros siempre al acecho. Sí, sigue siendo exactamente la misma. Sólo que ahora todavía más acentuada (sólo con un millón de comillas). Y no precisamente por el número de kilómetros sobre el asfalto o los raíles... sino por cómo se hace notar en cada latido. Aprendí a combinarlos, a dominarlos, a saber que las distancias sólo se miden en latidos. Una buena lección sin lugar a dudas,... lo que no quiere decir que se lleve mejor; solamente que lo enfrentas con mayor objetividad. Pero he dicho que ya la considero casi como una amiga, a la Distancia, y es verdad. Pese al matiz negativo, me pirra que su existencia duela, y escueza, y se haga notar. Hace notar que hay porque's echar de menos.
Entrada #150
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