27 febrero 2009

El ruido de los coches, afuera, cuyo número iba aumentando conforme avanzaba la noche, se comía al del tocadiscos en el interior.

Sí, se trataba de un bar de carretera de mala muerte. Pero qué magia desprendía. Una magia derivada, por supuesto, por lo allí vivido. Aunque había algo más... Algo que invitaba a no dejar de asistir al lugar, que atrapaba. Quizá era el ambiente, conjunto de su acertada localización -lejos del murmullo de la ciudad-, una buena comida y un buen servicio, el inteligente juego de luces y la omnipresente música elegida con un gusto que a todos siempre agradaba. O quizá todo eso lo apreciaban de tal manera ahora; ahora que había tantas historias entrañables con la susodicha cantina como escenario... y vuelve a reducirse a esa magia de lo habitual convertido en extraordinario.

El suelo estaba formado por un hipnotizante entrelazado de baldosas blancas y negras dispuestas a modo de tablero de ajedrez. Después de todo, lo que se libraba cada día entre el hueco de la barra y los ventanales no distaba demasiado de una verdadera partida entre dos contrincantes. Los peones eran cambiados por palabras lanzadas con una muy cuidada y en cierto modo maliciosa sutileza, las miradas hacían las veces de retadores alfiles y el rey de cada jugador lo interpretaba sin duda el ingenio de cada uno a la hora de ir intercalando las anteriores figuras.

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Una carretera despejada a ambos lados de cualquier otro posible establecimiento, recta y llana en todo su recorrido, solitaria casi siempre a las horas que por ella, comida ya completamente por la noche, iban colocando cansinamente un pie delante del otro en un nuevo intento por alargar la velada.

Quizá todo el encanto se encontraba en el camino de vuelta a casa.

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Un par de luces asoman a lo lejos. Se crean sendas largas sombras delante del par de figuras, acortándose a medida que el coche avanza.

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