El norte y el sur. El este y el oeste.
La semana de trabajo, el descanso dominical.
Mediodía. Medianoche. El despertar.
En el bar, la última mesa... La del rincón... La interesante.
Y en ella:
La conversación, intrascendente. Cada palabra.
La canción que suena de fondo. Una nota que se escapa.
La fotografía que encuadra a todo. Y nada más.
[...] Esa mirada.
La semana de trabajo, el descanso dominical.
Mediodía. Medianoche. El despertar.
En el bar, la última mesa... La del rincón... La interesante.
Y en ella:
La conversación, intrascendente. Cada palabra.
La canción que suena de fondo. Una nota que se escapa.
La fotografía que encuadra a todo. Y nada más.
[...] Esa mirada.
. . .
Las palabras intercambiadas apenas tienen sentido, las tienen por no más que fruto de la costumbre que se crea cuando dos personas se encuentran una frente a la otra; pura apariencia. La música se hace con el ambiente, dominando el escenario, convirtiéndose en la verdadera protagonista de la trama; juega con el aire, se compincha con las sensaciones que es capaz de estimular en cada uno de esos íntimos mundos creados en torno a una mesa, en cada uno de sus personajes..., dominándolos; y lo sabe. Es consciente del nudo que con su vaivén de acordes acaba de formar en el estómago de los comensales de la última, la del rincón.
Un par de patatas descansan en el plato compartido, evidencia del querer seguir ahí sentados por parte de sus dueños: emperrados en no comérselas, es la excusa perfecta para no levantarse del sitio. La gente viene y va. La camarera ha pasado ya un par de veces a recoger el plato que nunca se queda vacío. Y las patatas continúan intocables.
A su lado, un bote de ketchup. Algo más allá, uno de mostaza y el servilletero, ya rozando el par de chaquetas tímidamente depositadas sobre la mesa. La melodía acaba de cambiar. Un rayo de sol entra por la ventana, desafiante, y crea la tonalidad idónea para inmortalizar el momento. Click.
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