15 enero 2009

— J... J... Ahí estás: The glass passenger, Jack's Mannequin —. Alargó el brazo para hacerse con el tan codiciado disco, echó una segunda ojeada por si algún título o carátula conocida llamaba su atención y se fue dirigiendo al mostrador para pagar.
Tiendas así es lo que siempre había buscado: un pequeño establecimiento que por poco no pasa desapercibido entre la gran mole de edificios, pero que, una vez dentro, invita a quedarse, a perder el tiempo -si es que puede definirse así- vagando entre sus interminables estanterías, en las que se mezclan y remezclan cantantes y grupos de ahora con los de hace unos años, de aquí y de allí. Para todos los gustos pero con un cierto aire personal; un aire que o te encanta y te atrapa al instante o te desilusiona en cuanto lees los cuatro o cinco primeros CDs. Y el ambiente de esa tienda a él lo había cautivado. Cada jueves, de vuelta del trabajo, baja del metro tres paradas antes de la que le deja al lado de casa y, chocolatina en mano, bufanda y abrigo bien enfundados que ''en esta ciudad ya se sabe'' y buscando el reproductor en el bolsillo del pantalón para ponerlo en stop -que no se entrometa en ese momento-, cruza el umbral de la Andrew's Music Shop y se pierde en sus pasillos. Todo allí despierta sus sentidos: el casi palpable cariño con el que cada artículo ha sido colocado, el olor a tengo tanto que decir que ellos mismos desprenden, las fotografías y decenas de pósters que inundan las paredes y, por supuesto, la siempre-diferente-música de fondo con la que cada día sorprende el pintoresco dependiente.
— 19.50$, por favor.
Con el extraño esfuerzo que le provoca el tener que abandonar el lugar, hace sonar la campanilla de la puerta al salir y se deja adentrar de nuevo en las fauces de la calle.

1 comentario:

Anónimo dijo...

what a way of life, man :)