23 noviembre 2008

amigos con chocolate.-

Tan pronto despiertas una mañana convertido en un verdadero pseudo zombie, consciente desde el primer pestañeo de que el día te espera con todo un arsenal de sin-sentimientos, como amaneces repleto hasta los topes de ellos. Cada despertar es un mundo; te acuestas la noche anterior sin la más mínima idea de qué tipo te tocará experimentar a la mañana siguiente. Los buenos, los cargados de sentimientos, te hacen recibir el día con la sonrisa ya puesta en la comisura de los labios. No sabes cómo, pero ahí está. Y no habrá legañas suficientes que te impidan ver lo fantástico que te depara el porvenir.
Hablo desde un punto de vista en gran parte metafórico. No tiene porqué ser un despertar en particular. Puede darse una larga racha de despertares, un conjunto, una buena época que se llama. Pero desde mi experiencia personal, las mañanas de domingo en particular son tremendas. Cierto es que muchas de ellas acaban derivando en horribles domingos interminables que te hacen incluso desear la llegada del lunes -la excepción confirma la regla-, pero en general, ah... queridas mañanas.
De más pequeño, levantarme un domingo era igual a madrugón de las siete en punto para volver a espanzurrarme en el sofá, tragarme la Zona Pirata de principio a fin (con Megatrix en los anuncios), solamente interrumpido por los diez/quince minutos de tomar el tradicional chocolate para desayunar. De muy muy pequeño, este momento estaba siempre protagonizado por mis padres, mi hermana y por mí, como no podía ser de otra manera. Conforme pasaron los años, mi hermana empezó a estar por ahí con sus amigos hasta bien tarde los sábados por la noche (que a saber qué hacía) y la tía nos fallaba a la mañana siguiente porque tenía sueño. Normal, ¡llegaba poco antes de que yo me levantara! Se lo echaba muchísimo en cara; me abandonaba a mi suerte con los viejos... Pero ahí seguíamos nosotros tres al pie del cañón. Hasta que yo también descubrí qué era eso de salir. Y oye, era cierto que se le coge gustillo. [...] Ahora mi padre directamente no prepara chocolate. He tomado yo el relevo, pero con otro horario más asequible a mis necesidades, tipo viernes por la tarde.
Cada vez hay más responsabilidades que tener en cuenta, más ejercicios de Matemáticas por [supuestamente] hacer, más aventuras de Fernando VII que memorizar. Pero ni todo eso junto y multiplicado por dos consigue cargarse el buen rollo dominguero. Demasiados... amigos en los que dejar embobarse a la mente como para estar perdiendo el tiempo pensando en tonterías, y menos si son tonterías tristo-depresivas. Igual que descubrí lo que era un sábado por la noche, descubrí la Amistad, la de verdad.
''Quien tiene un amigo, tiene un tesoro''. ¡Qué razón tenía este hombre! O quien fuera que enunció esa frase. Más le valdría haberla patentado; estaría forradísimo ahora mismo. Si no él, sus nietos... o biznietos. [...] Si hace un par de entradas hablaba del inesperado Amor, por mí que espere para hacer presencia en mi vida: tengo amigos, y con eso estoy más que servido. No es que tenga para dar y vender. Pero igual que no me sobran, no necesito a ni uno más. La Amistad es una señora a la que no le cuesta casi nada meterse en la vida de las personas y unirlas con tremendos lazos, siendo en muchas ocasiones unas cuatro o cinco veces más fuertes que los del tal Amor. Yo me considero afortunado, intrépidos lectores de mis paranoias, tengo algunos amigos que me tienen atado con unos lazos tan gordos y resistentes que ni el cuchillo jamonero del malo malísimo de Scream podría romperlos. Siempre hay entes que intentan desaflojarlos, como las conocidas Riñas Tontas, los siempre-dispuestos-a-fastidarla Falsos Amigos Destructores o la temida y omnipresente Distancia. Pero los amigos de verdad de la buena, los tesoros que están ahí continuamente al acecho para cualquier bache que te haga volcar, para compartir su tiempo contigo así porque sí, para reirse contigo y de ti, son unos cosos que, y ya pueden empeñarse esas entes, no se pierden fácilmente.
Pese a la ausencia de chocolate y a la presencia de instituteces, con ellos en mente los domingos siguen siendo geniales armamentos sentimentaloides.

1 comentario:

Anónimo dijo...

ni cuchillos jamoneros ni omnipresentes distancias. mientras sigas escribiendo así, mientras sigas sintiendo así y nos/me hagas sentir así... lazos gordos no, lazos de acero.




- ese que se cuela y se recuela descaradamente a cada nivel de tu vida -