Lleva cierta razón la gente que critica el habernos metido en un piso ya en el primer año de carrera. Pero recalco lo de cierta. Mentiría si dijera que casi me mata la envidia cada vez que alguno de mis amigos que sí lo están me ha contado sus desternillantemente insoportables novatadas. O que no me gustaría tener montones de vecinos de habitación donde poder elegir compañeros de juerga cada vez que apeteciera salir por ahí. Pero también estaría mintiendo si digo que no me encanta esta sensación de independencia. Sensación, porque no es auténtica. Pero aún así es tremenda. Es tremendo levantarse por las mañanas y ducharse con la música a todo gas, pasar las horas muertas (y las no tanto) en un sofá kilométricamente enorme (con alfombra a sus pies; dato importante) y organizar experimentos culinarios en una cocina de fogones (las veces que saltan chispas no tienen precio); por no hablar de la libertad de salida y entrada (mil veces mejor los momentos de entrada) de gente ajena a este apartamento pero ligada a él a niveles supersónicos. E igualmente de tremenda es la oportunidad de evadirse que todo eso anterior crea y... pensar, imaginar, fantasear con todo-y-más. Por supuesto, sin que nadie te moleste. Sin lugar a dudas, espacio y tiempo propios.
Las entradas son geniales. Hoy toca la actuación de un par de amores con patas que fueron auténticos pilares de carga durante varios años, sólo que hace ya unos cuantos. Pero cómo son las cosas que ahí se siguen manteniendo al pie del cañón. Cada vez me doy más cuenta de que las verdaderas relaciones que hoy por hoy están bien atadas, son ya de por Vida.
Pero ¡venga, venga! ¡Corriendo a la estación que no llego para recibirlas pillándolas de sorpresa por detrás!
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